Hoy toca hablaros de Egina, una maravillosa isla del Mar Egeo la cual pudimos visitar durante nuestro viaje. Para explicaros un poco la isla es necesario nombrar un elemento muy importante de la excursión: El Pireo.

El Pireo es una ciudad al sur de Atenas que ha sido durante miles de años el puerto de Atenas y una de las salidas al mar (a La Mar) más usadas y más bonitas. Si visitáis online la zona del Pireo podréis observar que toda la ciudad está cuadriculada. Esto tiene su origen en el mismísimo Hipódamos de Mileto.
Tras el auge de poder de Alejandria, el Pireo poco a poco fue perdiendo importancia aunque nunca murió del todo. Actualmente los habitantes del puerto se enorgullecen grandemente de pertenecer a una ciudad que ellos mismos afirman como independiente de Atenas. Incluso la forma de hablar del Pireo se hace más extraña debido a que su acento se ha ido mezclando con el de las islas que han ido visitando y comerciando durante siglos.
El acceso desde el centro de Atenas hasta el Pireo es bastante cómodo. Lo normal es coger el metro, barato y relativamente rápido. En nuestro caso lo que hicimos fue tomarlo en el Thiseo (
Θησείο) justo al lado del recinto arqueológico del Ágora antiguo y tras eso seguir toda la ruta. No recuerdo exactamente el precio pero rondaba los 2 euros y si llevas carnet de estudiante o alguna clase de documentación especial que rebaje hasta es posible conseguir un precio más barato.

El estado del metro era bastante aceptable, no estaba muy lleno y avanzó a una velocidad muy buena. A lo largo de la ruta uno podía observar la naturaleza ateniense de sus calles, aliciente que hacía del viaje en metro algo nuevo que ver y otra visión de las (como diría Antonio, nuestro profesor de Griego) miles de atenas que existen.

Tras llegar a la Estación del Pireo uno facilemente se guía en dirección al Mar y en la Avenida de Poseidón es relativamente imposible no ver una tienda que te venda tickets para un barco. En nuestro caso decidimos comprar tickets para una embarcación que se conoce como "dolphin" y que viaja a una velocidad bastante rápida.
Desgraciadamente el hombre nos vendió unas entradas de una embarcación que salía en 5 minutos y pagamos la novatada de perder el barco. Ya lo sabéis para la próxima vez si viajais en barco, calculad muy bien que no os vendan un ticket con una hora muy cercana porque os puede pasar esto.

Ya en el barco, pudimos dormir un poco y disfrutar de la vista del Mar Egeo en todo su esplendor. Una embarcación cómoda y rápida, perfecta para una excursión veraniega.



Conforme uno se alejaba del puerto la imagen que se veía era increíble. Una ciudad asombrosamente grande y llena de actividad comercial tanto por mar como por carretera. La imagen del puerto hizo que más de uno recordase cuántos viajes pudo haber llegado a hacer Herodoto y compartir ese sentimiento de partir hacia la aventura con ganas de volver con miles de historias que contar.



Finalmente llegamos a Egina, una hermosísima isla que nada más pisarla transmite ese estilo de vida que sólo un isleño conoce. Una increible paz envolvía toda la zona, mercados en el puerto, pescado recién cogido esa madrugada, gente charlando tranquilamente, más cafés frecuentados constantemente, relax.

Debido a una votación y a que disponíamos de poco tiempo, eliminamos la posibilidad de visitar el templo de Afea en Egina. Este templo se caracteriza por sus dos plantas y por los famosos frontones que actualmente se encuentran en Alemania, frontones cuyas figuras marcaron una transición entre lo arcaico y lo clásico al romper una posición estática y de mirada al frente. Sin duda no nos apenó no poder visitar el templo ya que es otra razón más para volver a Grecia y a Egina.

Y es que después de una semana de visitar museos y recintos arqueológicos a uno le apetecía un poco de playa, y que mejor que el Mar Egeo. Por si alguien no se imagina como es bañarse en una isla griega, dejemos claro una cosa: No os imaginéis el Caribe. Las playas griegas son muy parecidas a las mediterráneas (porque son mediterráneas, que conste). Suele abundar más el tipo de playa rocosa y en nuestro caso nos tocó una playa de arena pero con bastantes rocas para entrar.

Según nos explicó nuestro guía Lefteris, los griegos aprecian más las playas rocosas porque están menos masificadas y porque la piedra representa de algún modo el símbolo de que la playa no es de nadie, que uno debe andar con cuidado para no hacerse daño porque lo que está pisando no es su casa, es terreno salvaje. La roca es única, cada una distinta. La arena es igual. Toda esta filosofía (bastante griega, por cierto) hizo que viésemos con otros ojos la playa y que casi le dijesemos "parakaló, zelo......." y "signomi" a las piedras con tal de que nos diesen permiso para poder echar un chapuzón.
Para los curiosos, el agua del Egeo está perfecta, a una temperatura muy buena y con un oleaje bastante suave (al menos en Egina).
Espero que os haya gustado este capítulo, verdaderamente fue una excursión increíble y nos lo pasamos muy bien. El viaje continúa...

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